VIVIENDO CON EL ENEMIGO (1era parte)

En marzo de este año, una noticia originada en Túnez llamó nuestra atención. No eran novedades sobre la situación política (secuelas de la revolución de los jazmines o de cómo se las arreglan ahí con su recién estrenada constitución). La nota internacional hablaba de las palmeras datileras, esas de las que se obtiene el fruto que representa el segundo producto en importancia de la economía de este país (el dátil), y de cómo hacían frente ahí a una plaga de picudo rojo, un pequeño gorgojo que devora estos árboles. A la fecha de la nota informativa (14 de marzo), el insecto de varios centímetros ya había infestado un número superior a 30,000 palmeras, convirtiéndose en una grave amenaza económica y medioambiental.

Como a veces pasa en estos casos, el insecto -originario de Asia- fue detectado en 2011, pero las autoridades restaron importancia a su potencial impacto. Su confianza se basaba en la distancia existente entre el área del brote de infestación y la principal zona productora del fruto. Sin embargo, en abril de este mismo año, la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) atendiendo una demanda urgente de ayuda de los países del Magreb, propició una reunión regional de expertos para atender este problema y otro que afecta al principal producto de exportación de la zona: el olivo (amenazado por una bacteria, la xyllela fastidiosa del olivo).

El picudo rojo coloniza los troncos de las palmeras datileras (pero no solo estas, sino también las cocoteras y las que producen aceite de palma) hasta secar el árbol, teniendo una gran facilidad para reproducirse. La bacteria del olivo no se había encontrado todavía en Túnez y Argelia, pero era motivo de preocupación porque ya estaba afectando cultivos al sur de Italia (un millón de árboles). La preocupación no es exagerada: no solo se trata de los productos exportables más importantes de estos países, sino de alimentos de consumo local, por lo que una propagación de ambas plagas tendría consecuencias “catastróficas” (EFE).

La historia del picudo rojo me dejó inquieto, pues podían identificarse paralelismos con el desafío que enfrentamos en el país con nuestros bosques de pinos. Hace varios meses, comenzamos a apreciar que nuestros bosques de coníferas estaban cambiando de apariencia. Un extraño descoloramiento -que inicia amarillo y continúa hasta el rojo o marrón- se extendía por doquier, compitiendo con las odiosas quemas de inicio de verano y escombros furtivos. El cambio de tonalidad no resultaba natural a la vista, por lo que la intuición del lego presagiaba que algo no andaba bien. De un día para otro empezamos a escuchar y leer en los medios de comunicación de una plaga, la del “gorgojo descortezador del pino” (un pernicioso coléoptero) hasta entonces solo conocida por los profesionales forestales. El pequeño insecto (Dendroctonus frontalis) de apenas 3-4 milímetros de largo en su edad adulta ha sido el principal responsable del daño. No obstante, como se verá, ha contado con un contexto favorable y el apoyo activo u omiso de importantes cómplices. (continuará)

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Por Miguel A. Cálix Martinez