Una Historia un tanto extraña.

Junto con un joven de 14 años, en el viaje de regreso de Guatemala, terminamos de afinar esta historia un tanto extraña. Primera incursión en la escritura de una anécdota, en parte real y en parte ficción.

Es en un hospital público. Como cualquiera: descuidado, prácticamente en ruinas. Oscuro, como un submundo de profundidades desconocidas. Tétrico. Largas colas de multitudes anónimas, esperando. Muchos con la mirada en blanco, al infinito. Después de años de eterna espera se convirtieron en zombies, hombres medio muertos.

El desprecio les arrancó la sensibilidad, como se quita la piel a un animal vivo. Incapaces de sentir, incluso hasta su propio dolor. Los demás están en mundos ajenos, lejanos, impermeables a la compasión.

Este hades, es el hospital en que trabajo desde hace de veinte años. Recibí a un paciente más en mi consulta de médico Oncólogo. La rutina contagiosa, pegadiza, entró hasta los huesos, como el frio de la indiferencia. Esto se nota en la forma automática, de robot, con la que despacho cerca de cincuenta paciente todos los días.
-el pronóstico no es muy bueno. le dije, después de los análisis.

Mientras caminaba hacia mi automóvil, casi arrastrándome del cansancio, no podía dejar de pensar en el terrible resultado: cáncer de páncreas.
En ese ambiente recordar un nombre es casi imposible. En este caso, no sé por qué, su nombre se quedó grabado como en piedra. Juan. Tal vez descubrí algo distinto en su mirada.
-debo admitir que la noticia no me tomó totalmente por sorpresa. Desde hace algunos días, presentí que las molestias se debían a algo especial. Mi propia muerte.
Absorto en estos pensamientos, justo en ese momento vi a un anciano que le pasaba herramientas a alguien metido de cuerpo entero debajo de su automóvil averiado. Descubrí azorado que esa persona era nada menos que Juan.

-Juan, ¿qué está haciendo aquí? -le pregunté, preocupado por su salud.
Él se levantó, sacudió el polvo de sus pantalones y me dijo:
-El cáncer no me impide ayudar a los demás, doctor. Entonces hizo una seña al dueño del automóvil para que lo encendiera. El motor volvió a la vida con un fuerte estruendo.
El anciano le dio las gracias a Juan y se marchó. Juan, después de despedirse de mí con un apretón de manos, subió a su automóvil y también se fue.

En ese momento, desperté de un largo sueño. Descubrí mi enfermedad. Encerrado en la cárcel de mi propio egoísmo rutinario. Empapado hasta los huesos de indiferencia.
Tantos casos anónimos de dolor. Aprendí de nuevo a ver en mis pacientes a personas de carne y hueso. Historias con nombres y apellido.
Ese día volví a ver el bien que existe en en fondo de toda persona.

Juan Carlos Oyuela y Leonardo Ávila
Viaje Guatemala-Tegucigalpa, 10 de enero de 2016
www.eticaysociedad.org
@Jcoyuela