Regalos Inesperados.

Hace más de un año nos mudamos con la familia a Valle de Ángeles, a unos veintitrés kilómetros al noroeste de Tegucigalpa. El cambio para mí era más que uno de domicilio: nacido en Comayagüela y con arraigo profundo en Tegucigalpa, significaba alejarme de la colonia en que había crecido y donde, por circunstancias vitales, había retornado ocho años antes, después de estancias temporales en otras zonas de la ciudad; en San Pedro Sula y en el extranjero. En esta ocasión, a diferencia de otras veces, el traslado tenía características únicas: permanencia indefinida, destrucción definitiva de embalaje, cambio extremo de horarios y rutinas y la necesidad de poner en marcha una casi olvidada capacidad de adaptación. Después de veinte mudanzas, el trashumante echaría raíces.

Tengo vagos recuerdos de aquel primer traslado en el que mi padre y madre nos llevaron a mí y mis hermanos a la casa familiar en que habité mis primeras décadas. Reconozco lo que queda de la vivienda en la tercera avenida de la ciudad gemela, más por fotos o referencias, que por memoria propia; tampoco puedo rememorar esa primera noche en la que me cuentan fui descubierto en un sofá de la sala nueva, temeroso de ser abandonado en ese sitio extraño. Así que, por mi propia experiencia, trataba de comprender lo que mis propios hijos sentirían esa primera noche en la montaña, a la que su papá y mamá los habían trasladado.

Esa noche (la primera), sea confesada la verdad, no pude dormir. La falta del ruido citadino me tenía ansioso: era demasiada quietud. No había motores, ni sirenas, ni ráfagas cercanas o lejanas. Recuerdo haberme levantado varias veces para revisar puertas y avistar el portón de la entrada, desde la ventana de la cocina. Había luna llena y la claridad invadía todos los rincones de la casa, así que no me tropecé en ninguna de las cajas que todavía estaban por doquier en el piso. Tomé un vaso de agua y retorné a la cama. Los chicos dormían plácidamente y mi esposa también. Yo era el único despierto. Al menos eso creía…

Pocos minutos después, me percaté que no había silencio y que no estábamos solos. Innumerables grillos, también despiertos, cantaban afuera con ese rítmico cricrí que las bocinas de los carros ocultan en la ciudad. Fue entonces cuando decidí salir al patio. Con el oído sensibilizado, escuché el sonido que hace el aire al encontrarse a su paso las copas de los pinos. Me percaté de los ruidos de paseos de animales nocturnos por el monte y, aún con la enorme luna que dominaba todo, aprecié la bóveda celeste, única, magnífica y luminosa como nunca. El pasto estaba húmedo y el aire fresco traía consigo olores de hierbas y flores entremezclados. Era como si estrenara oídos, ojos, nariz y piel nuevos.
La inconfundible siringe de varios gallos que demarcaban su señorío a lo lejos, me recordaron que aún era de madrugada y entré. No tenía sueño y pasé a la cocina para prepararme un café. Mi esposa me encontró ahí, un par de horas después, dormido y apoyado con los brazos sobre la mesa de cocinar. Y dice que hasta mis hijos notaron que tenía una gran sonrisa en el rostro.
*Abogado
Miguel A. Cálix.