Nuestras madres

Inaceptable que nuestras mujeres no reciban el beneficio de los hábitos de vida saludable y atención oportuna que les permitan transcurrir su vida conociendo sus derechos y después con los años siga siendo útil y lleguen a su vejez con dignidad.

Garanticemos su papel protagónico en esta sociedad donde hasta hace poco solo participaban los hombres. Abuelas, madres, hermanas, esposas, hijas o amigas, merecen una calidad de vida perceptible y mesurable. Merecen más que eso, respeto y admiración de hijos y padres, más ahora que la paternidad es indiferente y las sacrifica a crear hijos en una soledad e inequidad no justificada.

Ojalá les garanticen ese compromiso de vida mediante una verdadera legislación que obligue su cumplimiento con sendas penas para castigar la irresponsabilidad de muchos hombres con esas pobres madres nuestras que no tienen a quién acudir para exigir.

La muerte de nuestras madres pobres no es dividendo de la crisis económica, sino de la indiferencia social de quienes mantienen esa crisis. No olvidemos que el político sin oficio se dice defensor de las causas justas, el líder con oficio lucha contra las injustas. Nuestras madres urgen de leyes que las protejan.

La Madre es como la Patria, única, insustituible e indivisible, por eso hoy, no por ser mayo decretado para ellas, rindo a todas las madres de Honduras mi voz admirando su realidad y su silencio.

Intento significar que nuestras madres nacen, crecen, maduran, envejecen y mueren en un suspiro de tiempo angustiosamente angosto.

De opulencia suprema o pobreza extrema, creyente, observante o indiferente, analfabeta, estudiada, obrera, profesional, inteligente o no, la mujer tiene idéntico derecho de pertenecer a una sociedad ciertamente equitativa y no excluyente por arcaica.

Nuestras madres son pobres porque adornan sin sustituir la esencia de su razón de ser, que no solo es procrear. Pobre porque al tener casa por cárcel, jaula de oro o de cartón, no encuentran eco más allá de la muralla que las limita a socializar con otras madres estereotipadas con igual carga de diferente peso.

Hay las que sudan para llevar su cruz a cuestas y las que todo tienen y su disfrute es distribuir el madero entre la servidumbre. Pobres porque no la acompaña en su vejez el hijo que consumió su juventud. Pobres porque a sabiendas que nunca tendremos de ellas un reclamo, con nuestra indiferencia les somos ingratos. Una vez al año la evocamos para darle un abrazo de regalo, una lágrima del arrepentimiento tardío o una confirmación de amor a nuestra manera. Así somos, así nos hicieron ellas, así nos moldeó esta sociedad deformante.

Son pobres porque las que todo tienen no notan su pobreza y las que no pueden lucen estoicas su tristeza. Las que murieron tendrán solo en el día consagrado a ellas un recuerdo, una flor o un rezo, otras una súplica de perdón a destiempo, pero habrá Madres olvidadas que no tendrán siquiera una lágrima fingida.

Se nos va la vida y no aprendemos que nunca debemos desperdiciar una oración para el Dios en el que creemos y un beso de la madre que siempre nos protege.

“¿Cómo no amarte, madre, si me enseñaste a hablar tu lengua? ¿Si soy viento nacido de tu roca?”; Gonzalo Rojas.

A mi madre que descansa ante Dios sus ojos color de cielo, pido perdón si con mis torpes expresiones la hice dolerse como a otras pobres madres nuestras.

No importa el tiempo sino el amor de una memoria agradecida.

*Exdirector del Hospital Escuela