Entre Paréntesis
HASTA DONDE DICE COLLINS
Por Miguel A. Cálix Martínez
Días atrás, el morbo colectivo se regodeó -con extraña curiosidad y mezcla de espanto- ante la vista y escucha de una filmación que mostraba los lamentos y desesperación de una joven mujer. Interrogada (y criticada) por el improvisado camarógrafo, éste -en medio de la conmoción del momento- logró identificar la causa de los agudos dolores: ella había ingerido una “pastilla para curar frijoles”, como reacción a una decepción amorosa. El video concluye abruptamente con el ulular de una ambulancia que arriba al sitio, mientras una sensación de impotencia y tristeza invade a quienquiera que vea las imágenes. Profundamente gráfico, si el espectador no interrumpe antes la reproducción, ha atisbado brevemente a la agonía de una joven de nombre desconocido, quien seguramente murió varias horas después.
Lo que ese video mostró se llama intoxicación aguda por fosfuro de aluminio y, según describe la literatura especializada, es letal en la mayoría de los casos. La muerte ocurre debido a un gas denominado fosfín, que conserva los granos eliminando a los insectos en todos sus estadios. Debido a su letalidad en caso de ser ingerido es peligroso y su uso debe ser controlado. La ingestión voluntaria es frecuente en intentos suicidas entre adolescentes y jóvenes, principalmente en el área rural, que se decantan por él debido a su fácil acceso, el bajo costo y una defunción a corto plazo. Además del choque, casi todas las víctimas manifiestan sentir un intenso, quemante y opresivo dolor en el estómago, tal y como expresaba la joven mujer de la historia.
Semanas antes, otro “solícito” voluntario filmó la agonía de un conductor de autobús en la zona norte del país. El desafortunado transportista había sido acribillado minutos antes en la silla de su unidad por un sicario, que hacía valer con eficacia la promesa de graves consecuencias por la falta de pago de extorsión. Durante toda la filmación, una devota mujer oraba sin cesar y clamando a Dios, al lado del ensangrentado y moribundo herido, hasta que este fue llevado a una ambulancia, que poco o nada pudo hacer ante el feroz ataque de arma de fuego.
Basta la frialdad de ánimo de uno para que estas crudas imágenes sean capturadas por el lente de un teléfono móvil y luego difundidas por los medios de comunicación. Igual ocurre con las cámaras de seguridad instaladas por doquier: estas recogen imágenes de ataques y asaltos mortales, pero se requiere de un clic y la voluntad de otros para compartirlas, llegando así a la televisión y a las ediciones digitales de los periódicos. La inmediatez de oficiosos testigos presenciales y colaboradores indiscretos, aunada a una tecnología al alcance de todos, se ha asociado con la falta de escrúpulos de una prensa que no conoce el límite de la dignidad de la vida ni de su final, para solaz de la señora Muerte que enseña por doquier, con enorme satisfacción, la marca de su guadaña. Y a tono con los tiempos, la clava siempre “hasta donde dice Collins”, cerquita del cabo y hasta adentro, con zoom, a todo color y alta resolución, para que se lea bien su marca y no quede duda de su paso.