Eternas
Por Luz Ernestina Mejía
Pudiera ser que con la corriente de moralización que fluye, los valores consigan quedar en su correcta posición: ya no invertidos o invisibilizados, que no perdidos y que la ética vuelva a ser la regla y no la excepción. Que quien malverse los fondos de todos ya no sean admirados, menos modelos a seguir.
Que ya nadie piense en llegar a puestos en el aparato estatal para atesorar lo ajeno.
Que solo quienes entrañen vocación de servicio y honradez demostrados intenten desempeñar los cargos en que se toman las decisiones nacionales. Qué cansones resultan quienes presumen ser dueños de principios y valores y que a punta de repetirlo logran que incautos se lo crean.
Cuánta incoherencia la de estos que a la primera oportunidad develan nepotismo y autoritarismo, justificado para sí mismos y sus seguidores. Pero pareciera que eso empieza a cambiar.
Pudiera ser que la corrupción dure como pesadilla de la que comenzamos a despertar y que quienes animados por la impunidad endémica disfrutan apropiarse de la cosa común y volver más pobres a los pobres, ya no logren sorprender con su facundia ni su afectación en sus poses, quedando inhabilitados de volver a engañar. Pudiera ser que dejen de haber niñas soñando con casarse con un narcotraficante, un funcionario corrupto o con el empresario exitoso en corromper.
Que la riqueza labrada en el esfuerzo honrado sea el ideal a perseguir. Que la coherencia sea la predominante entre los atributos exigidos a quienes conciten la admiración general. Longino Becerra, el patriota, el epítome de coherencia, pasaría a ser considerado en la historia patria como el héroe que fue.
Sin obcecaciones que lo llevaran a desconocer la corrupción de quienes se cobijaron en una izquierda noble que nunca les podrá pertenecer.
A quien en algún momento de su pródiga existencia se dijera ateo y que resultara imagen del Cristo amado, más que por sufrido, por su identificación con los pobres y su ejemplar coherencia, admiración y gratitud eternas.
