Ese pequeño alcalde

Ese pequeño alcalde. -Me comentaba un amigo, en modo socarrón, que para demostrar que hay nuevo “alcalde en el pueblo” muchos estrenados funcionarios municipales le cambiaban la dirección de la circulación a las calles y a veces hasta el nombre con que habían sido designadas por sus antecesores.

Así ejercen algunos el poder cuando lo detentan: deben lucirlo, demostrar que lo tienen, denotándolo en toda oportunidad, así se trate de menudencias.

Cambiar el color de las paredes del ayuntamiento, los signos que identifican a la corporación, el diseño del uniforme de los empleados, crear nuevas “tradiciones y costumbres” -nótese la ironíaforman parte de una pequeña lista de acciones que en el pasado se hacían solo para mostrar “quién es el jefe”, pero que hoy recomiendan los asesores de imagen, ganadores indiscutibles de esa nueva tendencia que lo “mercadea” todo, incluso la egolatría.

Aunque ya la mayoría no lo recuerda, los ocupantes de nuestra antigua Casa Presidencial se dieron a la tarea de cambiarle colores a la fachada, según fuera el partido que gobernaba: rosada y azul celeste, de forma intermitente, y otras veces verde (de moda en gobiernos militares).

Antes de tener el color actual y su condición de museo, el palacete construido por Augusto Bressani pasó por múltiples modificaciones, afortunadamente ninguna fatal. La que hoy es sede del Ejecutivo no fue construida con ese propósito y ya hay en curso un nuevo proyecto para albergar la Presidencia en el futuro.

Que no podamos presumir de una edificación con larga tradición e historia con esta honorable función habla de la debilidad institucional del país como de la falta de visión de los muchos “alcaldes” que las ocuparon.

Tratándose de secretarías de Estado y su denominación no hay tanto capricho como ocurre con nombres de calles y avenidas. La complejidad de los asuntos públicos no podría hoy atenderse con los tres ministros (de relación, de guerra y de hacienda) que se estipulaban en la Constitución de 1839.

Con el paso del tiempo, fueron sumándose más y más carteras ministeriales, debido a las necesidades que iban surgiendo con el crecimiento del nuevo Estado, hasta casi llegar a la veintena.

En los últimos años, en un afán de simplificar o especializar la administración, se ha reducido la cantidad de secretarías de Estado (hay gabinetes sectoriales y ministros con muchas más atribuciones y competencias que antaño), pero sigue siendo un lío cómo llamarlas (un buen ejemplo es la que en otros lugares se conoce como Ministerio de Interior o de Gobernación, que tiene acá un nombre casi imposible de repetir por largo).

Y si a eso se agrega la inevitable -y a veces incontenible- tentación de cambiarles logotipo y eslogan, puede terminarse no solo con un galimatías en el rótulo sino con desperdicio de papelería y presupuesto.

Últimamente, esa tendencia general de reinventar la rueda es apreciable no solo
en la administración, sino en las propuestas para gobernar y en las demandas de
grupos y sus voceros, evidenciando que ese pequeño alcalde que muchos tienen
dentro, está listo a demostrar quién es apenas le den oportunidad para hacerlo.

 

MIGUEL A. CÁLIX MARTÍNEZ