Café y buenas historias

Por Miguel A. Cálix Martínez

Café y buenas historias. Aprendimos a apreciar ambos a temprana edad y de mano de las abuelas, sabias señoras que desafiaban las creencias que más de uno repite sin que le consten: que el café es malo para los niños y que las conversaciones serias son solo para los adultos. Esencias de café tostado y molido en casa, combinadas amorosamente con leche, congregaban a mis hermanos y primos alrededor de mesas en las que nunca faltaron el pan dulce y las historias que hoy cuento a mis propios hijos.

Desde los veinte años y hasta ahora, primero mi curiosidad y luego mis amigos, me guiaron a algunos de los destinos en que se rendía culto desde hacía siglos a esa mezcla única. El Odeon (Zürich), de Flore y de la Paix (París), du Soleil (Ginebra), Gijón (Madrid), Central y Frauenhuber (Viena), Greco (en Roma), Brasilero (Montevideo), La Parroquia (Veracruz), son algunos de los locales donde, siguiendo consejo, invertí el escaso dinero del bolsillo de becario o de trotamundos con mochila. En todos y cada uno de estos cafetines históricos, la espera y consumo estuvieron acompañados de soledades compartidas o de viejos camaradas, ávidos por saber qué había sido de amigos con andanzas comunes.

Nuestra pequeña ciudad tuvo también su “café con historia”: el Jardín de Italia. Fundado en 1933 –según el cronista S. Infante­ hacía honor al título de “universidad del pueblo”, colgado por sus parroquianos en una pared, en alusión directa a la apología y defensa que de los sitios de su especie había hecho Don Miguel de Unamuno. Sede por excelencia de las más importantes tertulias de café de la capital durante seis décadas, sus mesas tenían “asignado” nombre, según como se repartía de forma fija la clientela: la de los “políticos” (una azul y otra roja, por supuesto), la de los “periodistas”, “los comerciantes” y los “loteros” (vendedores de lotería), entre otras, todas ellas habitadas temporalmente por seres que hoy son de leyenda y bajo la atención de camareros inolvidables.

Al ser cerrado a finales de los ochentas, muchos nos vimos privados de su peculiar ambiente. Por fortuna ­y nuevamente gracias a la curiosidad y los amigos­ pudimos conocer a muchos de sus asiduos y más célebres clientes, esos que desprovistos de su tradicional punto de confluencia, se “desparramaron” por las mesas de modernas cafeterías del centro de la ciudad y los grandes centros comerciales. Congregados con ellos en esa atmósfera especial que produce la ceremonia de compartir un humeante café, hemos podido tomarle el pulso, desde distintos puntos de vista, al curso de los acontecimientos políticos y sociales nacionales e internacionales.

Con este buen pretexto, hemos alternado con protagonistas y observadores privilegiados de episodios y anécdotas de la historia del país, jamás leídas ni oídas. Cientos de testimonios que merecen ser compilados, preservados y transmitidos, por escrito o de boca en boca.

Café y buenas historias. Están por ahí, para ser descubiertos por los sentidos. Así como nos lo enseñaron con especial afecto las abuelas, la curiosidad y los buenos amigos.