Llovía a cántaros. Era mi sexto cumpleaños y, de pie frente a la ventana frontal
de la casa, miraba el patio y la calle totalmente anegadas. A mi corta edad, lo que
más me tenía incómodo era no poder salir a jugar en “esa fecha” y la
imposibilidad de una fiesta al aire libre dos días después (el sábado), con piñata y
todo lo demás.
Llovía, llovía y no dejaba de diluviar. No habría celebración para mí y quizás por
ello mi padre y madre estaban tristes y silenciosos…
Era el 19 de septiembre y un par de días antes, el ojo del huracán Fifí se había
enfilado hacia el territorio hondureño. Más de 10 mil personas perdieron la vida
por sus efectos, que destrozaron la infraestructura y economía nacional,
colocando el nombre de nuestro país y el de Choloma en noticieros y periódicos a
lo largo y ancho del planeta.
No recuerdo uno de mis cumpleaños en que no haya llovido. Mi pequeña hija –
también nacida en septiembre- dejó de quejarse cuando comprendió que
celebrar su cumple bajo un techo también podía ser divertido. Yo también he
aprendido a dejar de lamentarme.
En 1985 estaba en quinto curso de secundaria. Otra vez era jueves (como en
1974) y el cielo mostraba que llovería más tarde. Encerrado en el salón de clases,
las primeras horas me las pasé somnoliento, esperando que tocaran el timbre
para el recreo. Cuando sonó, salimos todos en tropel, escaleras abajo, para
aprovechar los 20 minutos de pausa. Al llegar a la planta baja, uno de los
sacerdotes nos abordó para contarnos que una tragedia había ocurrido en
México. A las 7:17 de la mañana, un fuerte terremoto había arrasado el Distrito
Federal, con consecuencias fatales todavía desconocidas. Al concluir la jornada,
recuerdo haber llegado a la parada del bus para salir corriendo a casa y ver las
noticias. Todo el día y la noche -de mi cumpleaños- me lo pasé pendiente de la
TV, pues tenemos parientes que hace muchos años migraron a este país. Ellos
estaban bien, pero México no y los medios eran elocuentes en compartir su dolor
con todo el mundo.
Diez años después (1995), yo vivía en el DF. Becario de la Secretaría de
Relaciones Exteriores mexicana, estudiaba en la UNAM y me preparaba para
salir a clases el 19 de septiembre, precisamente el día en que se recordaban 10
años del terremoto. Antes de irme al metro (como a las 6:15 AM), todo empezó a moverse violentamente en el apartamento. Temblaba como nunca y pude
experimentar esa sensación de pequeñez humana que mis amigos me habían
contado se sentía en momentos así. Cinco días antes habíamos evacuado la
universidad por un sismo en Guerrero, pero esa mañana no había quien nos
guiara y corrí por mi vida hacia la calle (¿cómo olvidar ese cumpleaños?).
El martes pasado, nuevamente un 19 de septiembre (vaya coincidencias), la
Ciudad de México ha sobrevivido un fatal terremoto. Aunque sorprendido, no me
quejo ya de estas fatalidades recurrentes en mis onomásticos. Son como un
extraño “regalo” que me recuerda la solidaridad, bondad y fortaleza humanas,
que se hacen presentes con tenacidad una y otra vez, para servirnos de ejemplo y
darnos un pretexto para dar gracias a la vida.
