Cuatro

Por: Luz Ernestina Mejía P.

A cuatro meses de las elecciones generales, los resultados parecen inciertos,
aunque para algunos el panorama ya está claro: el presidente candidato
presidencial ganaría por las buenas o por las malas. No hay que equivocarse y ser
tan simplistas: ni los unos deben confiar en que se pueda ganar por las malas, ni
los otros desconfiar en que puedan ganar por las buenas. Una campaña electoral
tiene componentes tan complejos que a cualquier mediano observador le resulta
fascinante. Una acción puede cambiar de un momento a otro el favor de los
votantes. En un período electoral, lo querido hoy puede ser repudiado después
por un error sobre algo, como por frívola actitud. Y todo fuera del marco de plan
electoral, cuyas líneas debieran ser las únicas en aplicarse. Un daño autoinfligido,
un modo que -sin que pueda ser medido demoscópicamente y trascendido previo a una elección- llegaría a ser el acabose. Pero no es que se esté a merced de lo
imprevisto. Hasta lo impredecible debe ser prevenido en un buen plan de
campaña electoral. Es que no hay que dejar nada ni al libre albedrío de nadie ni
de los entornos de los candidatos, ni siquiera del candidato mismo. Los
candidatos tendrían que ser únicamente la pieza última del engranaje y no
pretender centralizar el control, al grado de paralizar células y personas con tan
indebido afán. No existen escuelas para candidatos presidenciales, pero la
aplicación de principios básicos como laboriosidad, honestidad, humildad y valor
les ayudarían en la consecución de sus metas y a nosotros a tener mejores
gobernantes. A cuatro meses de las elecciones generales, los candidatos Salvador
Nasralla y Luis Zelaya, este, el más completo de la oposición, aún pueden ganar.
No sean engañados con una supuesta simpatía mayoritaria, no es cierta. Pero
pueden construirla si sus acciones son las correctas. Y solo para que tengan
presente, no es con su familia con quien están en deuda, es con nuestros partidos
y con nuestro país.