La solución son las elecciones
Lo que está sucediendo nos conduce inevitablemente a una ruptura en el orden político y social. No lo ven aquellos que están cegados por el sectarismo o por su adicción a la provocación.
Nos movemos entre quienes quieren retener el poder y los que desean el caos, que son los menos. Los más, son los que ven en todo esto una maquinación para burlar su voluntad manifestada en las urnas.
Lo que prevalece es la confusión. Nadie está seguro quién es el vencedor. A estas alturas ya no importa lo que digan las actas. El proceso se corrompió tanto que todo está bajo sospecha. No hay acta que no se repute falsificada o alterada, por eso ni “el conteo voto por voto” satisfará a las partes contendientes.
No solo los hondureños tenemos la culpa de este desbarajuste. También lo tienen los extranjeros que actúan como observadores, porque fueron incapaces de cumplir con su rol de garantes, ante sus respectivos países u organizaciones, de la trasparencia del proceso. Ninguno tiene argumentos, ni medianamente aceptables, para justificar su notoria negligencia. En reuniones previas se les advirtió lo que podría ocurrir. Sin embargo, su displicencia fue notoria desde el inicio. Vinieron a pasar el rato, simplemente. ¿Qué razones pueden argüir para justificar ante sus países u organizaciones, el retraso de casi un mes de la declaratoria de elecciones?
La OEA y la UE enviaron observadores que ven a través del TSE. Lo que este ve, ven aquellos. Y por sus ejecutorias es de suponer que sus respectivos informes serán calcados de lo que diga el TSE. Nadie espera nada de esas comisiones. Recién intervino la ONU, por medio de su Secretario General, quien invitó a las partes contendientes a reflexionar. Esta podría ser la instancia que nos permita encontrar espacios para dialogar y caminos para transitar hacia la solución de este conflicto que ha degenerado en una crisis con perfiles más deformados que los de la crisis del 2009 y cuyos efectos se adivinan más letales.
Las organizaciones sociales prefieren observar y dejar que sean los políticos que resuelvan el conflicto. Esperanza vana. Porque el capricho de uno de ellos, nos tiene en esta situación.
De seguir con esta pasividad, aumentarán las protestas y la represión será cada vez más brutal, hasta que todo se salga de control. En ese punto ya no habrá retorno y todos perderemos. Más los jóvenes, que se han lanzado a la calle (constituyen el grueso de las marchas) protestando contra el continuismo, es cierto, pero, especialmente, contra la marginación de que son objeto, puesto que, no importa cuanto se esfuercen en prepararse técnica y científicamente, las puertas del mercado están invariablemente cerradas para ellos.
Esta incapacidad de absorción del mercado de la nueva fuerza laboral exhibe una realidad incuestionable. No andamos bien económicamente.
Nuestra salud económica es de cifras, no de realidades. Lo que nos coloca en una situación muy delicada frente a la crisis política, porque no estamos en las mismas circunstancias del 2009. Aquella crisis política surge en un contexto económico interno aceptable, con crecimiento y desarrollo. Ahora, el conflicto político sobreviene en un contexto económico de extremas urgencias que se verán agravadas irremediablemente.
La solución ya no está en el TSE. Tampoco es competencia de los líderes o dirigentes de partidos o de facciones. Agotados los mecanismos creados para sustituir la voluntad soberana del pueblo, la decisión del conflicto es competencia del titular legítimo del poder público, esto es, el pueblo. Debe, en consecuencia, acudirse a los mecanismos democráticos para que el pueblo manifieste su voluntad, indicando quien de entre los contendientes goza de su confianza.
Las elecciones son, por tanto, la única salida posible a este conflicto, en los términos ordenados por la Constitución. Para ello, sin embargo, deben sustituirse los actuales titulares del TSE, cuya inexcusable negligencia ha levantado sospechas de que en el seno de ese organismo se manipularon las actas y, por consiguiente, los resultados, concluyendo en un colosal fraude electoral.
