La universidad y la otredad

Por Miguel A. Cálix Martínez

No pude evitar sonreír. Eran casi las 8:00 AM y los jóvenes que se habían
apostado en uno de los edificios del campus para protestar con megáfono,
anunciaban que “volverían en una hora”. Durante los diez minutos que
transcurrieron desde las 7:50 AM, se quejaron de la “falta de una legítima
representación estudiantil en los órganos de gobierno universitario” y explicaron
porqué se necesitaba de un reglamento para las elecciones estudiantiles.

La arenga, seria y justificada, no era la razón de mi sonrisa, sino el uso del
tiempo para hacerlo. Le pregunté a uno de ellos -barbado y con boina sesentera con
la familiaridad que regala una década de docencia, a qué se debía el
“telegrafiado” reclamo. “¡Fácil, maestro!” -me dijo, guiñándome un ojo- “¡No
queremos que nos acusen de interrumpir clases!”.

La anécdota ocurrió hace más de cuatro años, meses más, meses menos. Pocos
estudiantes acompañaban al grupo de “protestantes”, quienes por cierto se
quejaban de la indiferencia de sus congéneres. Sin embargo, los ocurrentes
manifestantes, en un lapso relativamente corto de tiempo, decidieron cambiar de
métodos para hacer notar sus argumentos y acudieron al viejo (y a veces efectivo,
pero también cuestionable) recurso de bloquear el acceso a las instalaciones, no
una sino varias veces.

La respuesta de las autoridades fue contundente: no solo intervinieron las
fuerzas de orden público para restablecer el funcionamiento de la casa de
estudios, sino que se expulsó a aquellos identificados como principales
instigadores de la extrema acción, que también se repitió en la zona norte (sin
seguir el debido proceso como oportunamente expresó la inefable sala
constitucional, a la que apelaron los jóvenes sancionados, con más dudas que
certezas). Lamentablemente, no se identificaron las señales tempranas (ni
sesudas soluciones) de un reclamo real y se hizo algo que es común por acá: no
centrarse en el mensaje, sino en el mensajero (y su forma de transmitir aquello).

Esta no pretende ser una crónica panegírica de los inicios del hoy robusto
movimiento estudiantil que tiene en jaque a la más alta jerarquía de nuestra
universidad pública más importante (ya habrá quién cuente su historia, ojalá sin
detalles superlativos), ni una crítica irracional, oportunista y delirante a los
alcances positivos de la etapa actual de la cuarta reforma, que tiene más de un
ideólogo y un almirante responsable de sus muchos aciertos (y también fallas).
No llegará siquiera a análisis de causas y consecuencias del nudo gordiano que
capta miradas y hace salivar a más de uno

Solo nos concentraremos en la gran lección que deja el conflicto universitario
actual y que podría servirnos en el futuro cercano para prevenir y atender
oportunamente crisis en otros ámbitos: la innegable evidencia de que “el otro
existe”, aunque no nos agrade su tamaño ni su forma de opinar y actuar.

Bien diga verdades amargas o medias verdades, está ahí y debe ser escuchado.
Porque si no, después de despertar del sueño de la autocomplacencia, quizás
descubriremos que el problema sigue ahí, presto a devorarnos y borrarnos de la
historia.