De lo que sea

MIGUEL A. CÁLIX MARTÍNEZ

El teléfono sonó nuevamente, sin que el identificador me ayudara a saber quién llamaba. Era la tercera vez, así que corrí el riesgo.

Al contestar, una amable voz femenina, con ese inconfundible tono de operadora de call center dijo mi santo completo (incluyendo el segundo nombre que usaba mi padre cuando estaba enojado), señal inequívoca de un cobro o una inminente oferta de servicios financieros no solicitados.

Autodidacta en el arte del amable rechazo, dejé que la joven hiciera su despliegue de simpatía enlatada, antes de decirle -con el énfasis de rigor- que no estaba interesado en nada (“¡pero si no le he dicho lo que le quiero ofrecer …!”, respondió, a lo que yo reaccioné: “¡Mucho mejor, señorita, mucho mejor!”).

El guión de insistente oferta y desinteresada demanda se repite conmigo varias veces todas las semanas, al punto de motivarme a hacerlo tema de conversación en fiestas familiares y reuniones con amistades.

Fue en uno de estos ágapes (de boda para más señas) en el que comentamos cómo ese trabajo se había convertido en una opción laboral común para muchas personas en el país, aunque un par de décadas atrás ni siquiera existía.

Una hora después, un grupo de bullangueros bailarines hombres y mujeres, con atuendos tropicales, silbatos, máscaras y hasta zancos, irrumpieron con su fanfarria en el salón de baile, haciendo que la gente bailara y gritara como si de un carnaval se tratara. Yo, como es de imaginarse, dejé la plática en un santiamén y me sumé al repentino jolgorio.

Operadoras de call center y animadores de fiestas son solo una muestra de nuevas opciones laborales que han aparecido por ahí, a las que se suman las de vendedores de saldo de telefonía móvil, especialistas en preparar café (baristas), repartidores de pizza a domicilio y hasta las denominadas acompañantes prepago (novísima modalidad del oficio más antiguo de la tierra), por citar algunas.

Todas demandan aptitudes y habilidades naturales, así como preparación y disposición particulares: un animador de fiestas debería irradiar simpatía y saber bailar; alguien que venda tiempo-aire para celulares no debe tener discalculia (la dislexia con números) y ha de entender cómo se usa el teléfono para gestionar las recargas.

Una barista debe gustar -al menos un poco del café y recibir un prolijo adiestramiento que va más allá de moler el grano y colarlo; un repartidor de pizza debe saber cómo hacer cuentas, además de conducir motocicleta con destreza y desparpajo suicida.

¿Y qué decir de las jóvenes prepago que guiarán su oferta desde dónde inicie la mirada hasta esos placeres que la imaginación y la billetera puedan costear?

Para no desentonar con la época, no olvidaremos a los activistas políticos profesionales -vieja especie que se recicla en estas fechas- especializados en aupar hasta la disfonía a los meros-meros y entrenados para rasgarse las vestiduras por colores de banderas, al contado o al crédito.

Aptitudes, habilidades, preparación y disposición antes mencionadas, cuentan para la faena, en la que se hace lo que sea y lo que se pueda. Y a veces solo una, ambas o ninguna.