Por Miguel A. Cálix Martínez
Hace varios años, muchos se rieron e hicieron mofa cuando un recordado gerente de una empresa estatal de acueductos y agua recomendó a la población ahorrar el vital recurso hídrico como medida excepcional para enfrentar su carencia y los obligados racionamientos que traía como consecuencia. Práctico y con mucho sentido común, el funcionario sugirió utilizar con mesura la provisión limitada de agua en todas las actividades cotidianas, señalando entre ellas la del momento del baño que, como es bien sabido, destaca como una de las más propicias para el derroche. “Basta con una cubeta”, afirmó, sin perder la compostura. Sobró quien le ridiculizara y el recuerdo de ese consejo le acompañó toda la vida, algo que se tomó con buen humor y sin tomárselo a pecho.
Cuando el huracán y tormenta tropical Mitch hicieron estragos a finales de la década de los noventa en la red de distribución de agua potable de la capital, muchos constatamos –obligados por las circunstancias que aquel hombre no estaba errado: no solo era posible “bañarse” con el contenido de una cubeta (incluso con la mitad), sino que podía emplearse el líquido jabonoso resultante para descargar los saturados inodoros, carentes de alimentación desde las tuberías. La calamidad era tal que cantidades mínimas de agua bastaban para lavar utensilios de cocina, ropa y satisfacer necesidades esenciales de aseo e higiene. Mientras añorábamos días de abundancia, reflexionábamos sobre el poco aprecio que se tiene de algunos bienes cuando estos sobran, riendo de tanto en tanto al observar los cuellos percudidos de nuestras camisas, las barbas crecidas y la recuperada tolerancia a ciertos humores corporales.
¿Recuerda usted los racionamientos de energía eléctrica de la primera mitad de esa misma década? ¿Las oscuranas y las largas conversaciones que juntaban a las familias alrededor de velas, quinqués y candiles, mientras se apilaban recuerdos, lamentaciones y algún improperio contra la desidia de quienes gobernaron? De repente, muchos se percataron de la extrema dependencia que habíamos desarrollado con relación a la energía eléctrica y las comodidades que aporta a la vida moderna, pero también cómo algunas de estas ventajas –especialmente la televisión habían afectado la comunicación intrafamiliar.
¿Y qué decir de las noches de ingrato encierro mientras transcurrieron los estados de excepción que siguieron al golpe de Estado? Una mujer que habitaba en un barrio popular me dijo en esos días, con mucha sabiduría, que al menos durante una breve temporada la gente había podido experimentar lo que la mayoría de la población debía soportar por las noches en sus comunidades, asediadas por la inseguridad y la violencia que provoca la delincuencia.
Basten tres ejemplos para mostrar cómo la posibilidad de moverse libremente o contar con la provisión de servicios públicos básicos suelen ser poco apreciados por nosotros cuando se cuenta con ellos a diario. Es obvio que resulta mejor cuidarlos bien que lamentar su ausencia. ¿Tenemos consciencia de ello o faltan lecciones por recibir?