Reflexiones desde el tráfico

Por: Miguel A. Cálix Martínez

La joven servidora municipal que ayudaba a agilizar el tráfico, alzó la mano para detener a los automóviles que avanzaban en doble fila por la avenida, mientras hacía sonar con autoridad su silbato. Los peatones aprovecharon el momento para cruzar, caminando sobre las franjas blancas. Ubicado en una de las hileras que aguardaba, observé la energía y determinación con que la joven ­que utilizaba lentes oscuros y gorra bien calada­ movía las manos para apurar el paso de los transeúntes, mientras dirigía su rostro a los sometidos conductores. Era una mujer menuda, trigueña, con uniforme bien planchado y portado con dignidad. No exagero si digo que sentí su mirada firme traspasando el cristal ahumado de sus gafas y el vidrio parabrisas de mi vehículo.

Cuando las personas terminaron de cruzar hacia el otro lado, la joven hizo un rápido cambio de movimientos con sus brazos y autorizó la reanudación de la circulación de los carros. Pasé al lado de ella y aprecié lo que me pareció un gesto de satisfacción en sus facciones, perladas de sudor y enrojecidas por el sol.

Siempre me ha sorprendido el poder que tiene una persona que agiliza el tráfico en una vía pública. La muchacha de la historia estaba sola, no tenía arma al cinto ni era integrante de la fuerza policial, sin embargo, pudo controlar el desplazamiento de los incontables armatostes de metal que se habían agolpado a esa hora por ahí. Ese poder ­delegado en ella por el responsable de vialidad de la Alcaldía­, sumado a la previa regulación de tránsito que se expresa en la señalización vertical y horizontal de la zona, le permiten durante su jornada de trabajo ser la personificación del poder coercitivo del Estado y satisfacer nuestras necesidades de orden público (detalles de los que ella, evidentemente, es muy consciente).

Para hacer cumplir la ley e imponer autoridad no es necesario portar armas. Eso lo saben muy bien los británicos, que continúan con la tradición de sus famosos policías (“bobby”) que caminan desarmados, a pesar de los continuos e incrementados riesgos de seguridad que enfrenta actualmente el Reino Unido. Ahora también hay una policía reactiva (armada y en lugares que podrían ser objeto de ataques), pero está destinada a espacios previamente identificados como sujetos de riesgos. Los uniformados británicos tienen 188 años de andar desarmados, fórmula basada en la tradición y principio que su obligación primaria es con el público y no con el Estado.

Después de ver a la joven que controlaba el tráfico (y no era policía), sin más poder que su determinación, sus pases de manos y el silbato, encontré una impensada coincidencia con sus pares británicos: no se necesita de arma ni de un símbolo de coerción adicional para imponer el cumplimiento de las leyes. Suma a esa eficacia el que las leyes de tránsito sean por mucho las de más riguroso cumplimiento en el país y las que más conoce la mayoría de la gente, sea que conduzca o no.