Desbordado de entusiasmo, quitando incluso tiempo al sueño y a las tradiciones del fin de semana, leí con avidez una interesante colección de ensayos del nobel peruano Mario Vargas Llosa “Sables y Utopías, visiones de América Latina”. Un libro que recoge y ordena en forma brillante, una selección de trabajos políticos del auto.
Sus cinco capítulos y más de 50 textos prologados en forma magistral por el antropólogo colombiano Carlos Granés son, más que una simple antología de artículos del escritor, un recorrido metódico y exhaustivo de más de medio siglo por la trágica vida de este subcontinente que, tal y como expresa cada página, parece hundirse sin esperanza pese al potencial de sus recursos, la calidez de su gente y lo aleccionador de su historia.
Pero ¿qué es lo que provoca la demencia que nos tiene en tal estado de postración? Mientras sociedades nóveles y hasta hace poco más pobres que las nuestras, entendieron a tiempo el valor de la libertad y la democracia, los latinoamericanos nos empeñamos en mezclar realidad y fantasía en busca de un paraíso perdido. Es por ello que cuando aparece un caudillo que, con cada vez mayor desfachatez, promete cosas que no creería un niño, lo acogemos con entusiasmo y ponemos en él nuestra fe una y otra vez sin entender las lecciones de la historia.
Desde Ubico a Castro, de Duvalier a Chávez, ¡en fin! del Ortega de los 80´s al actual, vemos como el cuento se repite frente a los anonadados ojos del mundo sin que aparentemente nuestros “golpes hagan chichote”. ¿Qué hacer para cambiar esta horripilante realidad y entrar de una vez por todas por la puerta grande de la modernidad que tanto merece nuestra gente?
Y en nuestras Honduras las cosas no parecen marchar distinto. No terminamos de recoger aún los pedazos de institucionalidad que nos legaron regímenes autoritarios y corruptos, y ya nuestros oídos se saturan con noticias, foros y propaganda bullanguera de quienes pretenden gobernarnos. En medio resuenan promesas de un mundo mejor, con más escuelas y mejor educación para todos y todas, con empleo digno, salud garantizada e ingresos justos y con la aparentemente firme convicción de que al cabo de cuatro años, todos y todas tendremos bienestar. ¡Cuán insensibles somos a la suma de nuestros recientes sufrimientos!
No creo que haya una hondureña u hondureño que esté en desacuerdo con las promesas que nuestros políticos lanzan a los cuatro vientos: Menor pobreza y hambre, más educación, mejor salud, empleo de calidad, viviendas dignas, una Honduras verde y segura… son sin duda, metas loables que ya priorizamos en Estrategias de Combate a la Pobreza y Planes de Desarrollo y que siguen vigentes.
La piedra de toque es el método a seguir para alcanzar las metas. Es allí donde quienes buscan nuestros votos deberían de centrar sus propuestas para que podamos entender de una vez si contamos o no con ellos.
¿Cómo harán para generar más empleo e ingresos?; ¿qué acciones emprenderán para que haya educación, salud y seguridad para todos? ¿Los regalará el gobierno o por el contrario estimularán la inversión privada para que sea esta quien los ofrezca?
Porque en definitiva no se pueden hacer ambas cosas. Si optan por lo primero, es decir un gobierno grande y protector, deberán subir los impuestos para financiarse y seguramente ello desestimulará la inversión. Por el contrario, si quieren atraer capital y tecnología, deben evitar una burocracia excesiva, lo cual implica no ofrecer demasiadas cosas y centrarse en dar al gobierno un rol regulador, desprovisto de poder económico. Las metas están claras, ¡es el método para lograrlas lo que queremos escuchar!
Es tiempo ya de que nuestros políticos abandonen la patética historia que les precede y bajen de las nubes, que le tomen el pulso a la realidad y sienten las bases de este sistema imperfecto y mundano, tan modesto como eficaz que es la economía de mercado y la democracia.
Por: Julio Raudales
