De la mano de los abuelos

Un par de días antes que la tragedia tocara a la puerta de mi abuelo materno Cecilio Miguel, lo acompañé desde su casa en el barrio La Bolsa de Comayagüela hasta el centro de Tegucigalpa. Para llegar a la primera avenida atravesamos el río por el puente Guacerique, cruzamos la frescura del parque El Obelisco y transitamos a buen paso por toda la segunda avenida (“Calle Real”) para llegar, previo paso por el puente Mallol y subiendo la cuesta de la calle Salvador Mendieta (a un costado de la Casa Presidencial), hasta la conocida joyería con la que él comerciaba (en el tramo peatonal de la avenida Miguel Paz Baraona). Recuerdo bien que en el camino se detuvo -a petición mía- en una reconocida librería (la Navarro), que todavía está ubicada en la misma esquina que intersecta con la segunda calle de la ciudad gemela. Un par de libros juveniles testimonian esa última visita.

Tenía apenas doce años (más o menos la misma edad que tiene hoy mi hijo mayor) y recuerdo bien cada uno de los hitos de aquella caminata al lado del viejo de setenta y siete años al que acompañaba. Todo un ícono de la época en la que había crecido y envejecido, seguía utilizando sombreros como los que usaba su admirado Bogart, aún y cuando ya nadie los usaba más. El sombrero le caracterizaba, al igual que su estilo dicharachero; portaba casi siempre una sonrisa coronada de estilizado bigote, en la que siempre asomaba una fina boquilla para fumar cigarrillos. Abuelo consentidor, me dejó ese día pegar la nariz a las vitrinas de la vieja Casa Uhler, sin quejarse de atrasos pues “Cantero no se iba a mover de ahí” (no se refería al edificio, sino al dueño). El recuerdo de esa tarde es, como puede verse, imborrable y aunque el tramo ha cambiado mucho desde entonces -Muchos de esos edificios siguen ahí, con otros nombres, rótulos e historias aún no contadas.

Siendo hijo de mujer nacida en Comayagüela y hombre natural de Tegucigalpa, tuve la fortuna de que mi infancia tuviera como feliz entorno las viejas calles y avenidas de ambas ciudades. Mi abuela paterna Valentina vivía aledaña al parque Finlay y el barrio La Ronda. Habitante de la parte baja de La Cabaña, cuando ella se encargaba de nuestro cuido, había que dominar el camino abajo en cuesta empedrada, para llegar a la avenida Máximo Jérez y luego cruzar hacia la Colón, por cualquiera de las calles (las Damas, Salvador Corleto, Adolfo Zúniga o Hipólito Matute), dependiendo de su elección y alguna diligencia que hubiera que realizar. Mi pasión por el periodismo escrito y muchas de mis primeras lecturas se iniciaron en los grandes volúmenes de los viejos diarios de la antigua hemeroteca donde ella laboraba, frente al Teatro Variedades y esquina opuesta de la Casa Schacher, a unos pasos de donde concluyó aquella caminata con mi abuelo, a media cuadra del Jardín de Italia.

Muchos de esos edificios siguen ahí, con otros nombres, rótulos e historias aún no contadas. De las dos que he compartido, perviven las calles y avenidas de nombres perennes, los de la Tegus de siempre, esa misma que hoy acude rauda en recuerdos, de la mano de los abuelos.