La pasan bien. Tienen derecho. Les costo. Hicieron lo que tuvieron que hacer para llegar al poder. Bailan alegres, como si no sucede nada. Algo conmueve un rato y después se reduce al efecto de una página de un libro anodino leído en el pasado. Vuelve a sacudir al evocarse como pesadilla contada para que no ocurra e irrealizable, no asuste.
Como si de personajes novelescos se tratara, los sentimientos y sueños de protagonistas son vidas de otros, ficticias además, por lo que no puede ocurrir. Un tipo de evasión digno de estudio científico que coadyuvara a identificar curas para evitar en el futuro, un contexto que debiéramos estar comprometidos en transformar. El problema es que son pesadillas realizadas y vitalicias. Las lagrimas por las desgracias ajenas de madres como uno, por los hijos como los propios, no debieran secarse.
Tendrían que regar la inconformidad, el repudio y la acción que obligue a los conductores de la nación, en y fuera del poder, a ser proactivos y responsables. Lagrimas inagotables para crecer el enojo y más, la indignación, por lo que ha podido evitarse con solo un poco más de compromiso y determinación de gobernantes. Lagrimas y lagrimas, como las del cielo y las de La Gruta, abonando la lucha por demás legítima de quienes defienden lo suyo y que es lo nuestro. A Bertita Cáceres la mataron por cuidarnos el agua y el aire. Por exigir respeto a las mujeres en el campo y en la ciudad, entre ellas, lujosas sometidas sin piedad.
La mataron por su derecho a ser libre y a libertar a los oprimidos. Pero les salió mal. Craso error. Su fuerza se ha multiplicado: ahora hay Bertas por todos lados. No se va a saber quien la mato, por orden de quien. No lo permitirán las autoridades. Cuidan las balas de oro. La frivolidad les hace olvidar a ellos, pero no a los demás: con tanto derroche aumentan la ofensa. Y la “abundante información” como otra mentira del audaz e ingenioso canciller, fue humo ya ido. Pero pásenla bien. Sigan bailando.
Luz Ernestina Mejía P.
