La máquina capaz de mantener un movimiento perpetuo fue uno de los inventos más larga e infructuosamente perseguidos por los precursores de los modernos hombres de ciencia. Se sabe que una de las primeras máquinas de este tipo se remonta al siglo XVI y los intentos no cesaron hasta entrado el siglo XIX, cuando la primera ley de la termodinámica echó por tierra la insistencia.
El afán por lograr el portentoso artilugio es comparable al que derrocharon los alquimistas durante la edad media en su incansable búsqueda de la piedra filosofal (aquella que podría tornar en oro cualquier materia) o a la creación de la panacea, mítico medicamento capaz de curar todas las enfermedades e incluso prolongar indefinidamente la vida.
En distintos lugares y momentos, he conocido personas que otorgan cualidades omnipotentes a remedios naturales o medicamentos de uso común. Con ellos curan “dolores del sentido” (cabeza), empachos, mal ánimo, “problemas de la sangre” (circulación), de los huesos, “días difíciles de la mujer” y hasta mal de orín. Estos generosos individuos -que se las saben todas-, siempre citan una historia del pueblo, de su familia o de un conocido, para hacer “verífica” e irrefutable la experiencia. En su versión más comercial, son enjundiosos merolicos que viajan de pie dentro de autobuses vendiendo con maña pastillitas milagrosas que además de brindar alivio a los problemas arriba citados, curan el alcoholismo, el insomnio y espantan hasta suegras. Unos y otros, logran nuestra atención porque, a pesar de los denodados esfuerzos del método científico y la razón, nuestra mente sigue añorando y esperando encontrar la elusiva panacea.
En el último año, la desesperada demanda colectiva de un importante porcentaje de la población por un acompañamiento internacional para luchar contra la impunidad y la corrupción, llegó a tener ribetes similares a la de la búsqueda medieval del prodigioso remedio. En mentes y bocas, no existía otra idea: solamente una intervención coordinada y dirigida por un organismo internacional, sería capaz de lograr lo que no hicieron casi doscientos años de vida independiente y trece generaciones. Debían ser extranjeros (no hay nadie de fiar acá), quienes condujeran de principio a fin la titánica tarea de hacer de este un país probo, transparente, confiable y…nuevo.
Esta concepción mesiánica de una Comisión Internacional contra la Impunidad sobrevivió a sus promotores y rodea ahora a la Misión de Acompañamiento contra la Impunidad y la Corrupción en Honduras (MACCIH) que encabeza la Organización de Estados Americanos (OEA). Aunque cuenta con un mandato claramente delimitado, ello no ha impedido que, en las últimas semanas, la percepción de varios sectores de opinión pública se haya manifestado favorable a una incursión de sus fuerzas en “cuanto entuerto haya que desfazer”, presente o pasado, como si de una automática cura para todos los males se tratara.
He ahí la primera tarea de los señores de la MACCIH: hacer entender que no traen pastillitas mágicas ni vienen a resolver la cuadratura del círculo. Y no es poca cosa.
Por Miguel A. Cálix Martínez
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