Llovía, aunque no copiosamente. Era casi la medianoche y la visibilidad estaba reducida. Después de una jornada extenuante -que inició a las seis de la mañana y que incluyó una opípara cena de trabajo- lo único que deseaba era llegar a casa para descansar hasta el día siguiente. Pocos vehículos me adelantaron y solamente un par de faroles se cruzaron en mi camino: así de solitaria estaba la vía.
Avanzaba por la carretera cuando un bulto al lado derecho de la calzada llamó mi atención. “Debe ser un animal atropellado” pensé en voz alta, mientras pasaba a su lado. Sin embargo, una señal de alarma se activó en mi cerebro (“¡Eso no era un animal!”). Me detuve a cincuenta metros bajo una luminaria pública para apreciar mejor por el retrovisor. “Parece una persona”, me dije, pero la oscuridad y la lluvia impedían ver bien desde adentro. No obstante, yo ya sabía que no se trataba de algo sino de “alguien”.
La lluvia arreció. Mi mente empezó a barajar opciones: seguir con mi camino para ir a descansar, regresar al sitio para auxiliar a la persona, buscar ayuda. La primera nunca fue opción: quizás se trataba de alguien que había sido golpeado por un carro y estaba malherido; podía ser un beodo, vencido por el efecto de las copas. Estaba claro que debía regresarme y asegurarme de su estado, pero el lugar no daba garantías para mi seguridad (¿qué tal si era una estratagema para incautos?). Dejé que mi humanidad se impusiera y retorné al lugar, a velocidad disminuida.
La lluvia me azotó el brazo cuando abrí la ventana. Alarmado constaté que se trataba de una persona joven, yaciendo boca arriba. Por la posición extraña de su pierna, no podía estar viva, así que aguijoneado por la sorpresa continué manejando hasta la estación de gasolina más cercana. Ahí podría hacer la llamada de emergencia a la policía.
No es la primera vez que hago algo así: hace varios años, un sábado (tranquilo hasta que sonaron siete disparos) llamé desde mi casa para reportar que había un cuerpo a diez metros de nuestro portón. En otra ocasión, me sumé al coro de una media docena de llamadas desconocidas, que reportaron la paliza que le daba un vecino a su cónyuge. Nada extraño en una realidad en la que se escuchan ráfagas interminables al otro lado de la cuadra, con ese sonido inconfundible cuando no son al aire; o en la que he colaborado con pesadumbre a cargar y meter una bolsa con el cuerpo de alguien querido a un camión forense.
A los diez minutos, decidí volver al lugar y me encontré ahí una patrulla. Después de las presentaciones de rigor, esperamos ahí un par de horas a las autoridades para hacer el levantamiento (llegaron antes tres canales de TV y seis policías más en dos carros). Había sido una noche atareada: este era la cuarta pericia desde las ocho. Me quedé en el lugar por si la policía pedía datos, pero no lo hicieron.
Me fui cuando todo acabó. Llegué a mi casa a las tres y media de la mañana, agotado y mojado. Nunca supe quién era. Alguna gente me ha preguntado porqué regresé y porqué me quedé. La respuesta es sencilla: era una persona que estaba sola y necesitaba ayuda.
Por Miguel A. Cálix Martínez
