80 años… Mis valores un día antes de esta publicación y varios años previos han sido así: temperatura 37, presión arterial 120/78, azúcar 108, frecuencia cardíaca 83 y 96 por ciento, respiración envidiable; como un jovencito.
Esto es inexplicable para la lógica, cuando se dan cuenta de los 80 años que estoy cumpliendo y el rosario de males que padezco.
Y lean ustedes “mielosis” temprana. Mi médula no produce suficientes glóbulos rojos; diabetes, varices en el estómago, y de paso una úlcera. Me operaron un pulmón para reparar la pleura y tengo paralizado, inexplicablemente el costado derecho. No puedo mover el brazo y tampoco la pierna. Varias veces me mandaron a mi casa a bien morir.
Tuve que aprender a escribir con la izquierda y con un dedo.
Algunos me dicen ¡admirable! Yo sé que es la mano de mi Dios. Cuando sea su voluntad se acabó. Y pienso, si debo hacer algunos reclamos antes de partir o perdono y me llevo los rencores.
Esta situación me ha servido para bromas y travesuras. Los que esperan que me muera tendrán que esperar un largo tiempo. Talvez cambian sus macabros deseos.
Me han puesto unas 300 pintas de sangre, más o menos, de suerte que ahora es muy difícil encontrar un sitio para colocarme los catéteres y toda clase de medicamentos inyectados, tomados y respirados. Descubrí que la mejor medicina es una oración. Miro al cielo varias veces al día y pido perdón y doy gracias por la seguridad de vida eterna.
Viajé en ambulancias públicas (Cruz Roja, Bomberos y Copeco) y varias privadas. Gracias a todos sus socorristas.
También fui paciente de varios hospitales: Dime, Medical Center, San Felipe, IHSS y Centro de Cáncer de la doctora Flora Duarte. Envidiable récord.
Y aquí estoy. Nadie me quita lo bailado.
No estoy orgulloso de la situación. Sin embargo, recuerdo haber dicho “estoy curado de sustos y espantos”. Ahora sé que siempre hay que asustarse y espantarse.
Mi compañera CM, mis descendientes y amigos nunca me abandonaron.
Hice una gran travesura. En un hospital público fingí que estaba bien de salud para que me dejaran marcharme. Funcionó a las mil maravillas.
Esta no es una columna habitual. La escribo pensando en presumir y para darle gracias a la vida. Es posible que le sirva a quienes estén angustiados. Siempre hay tiempo.
En estos años postrado en un lecho, he visto cómo se deteriora la sociedad y también he sentido el esfuerzo de quienes quieren salvar la patria. Me gustaría ver el triunfo de los buenos. Somos más.
Por: Jonathan Roussel